martes, 29 de diciembre de 2009

Los pinchaglobos

Siempre hay alguien dispuesto a pincharte el globo, aunque lo haga sin querer o sin saber.
Acababa de salir del médico en mi primer control de mi dieta. Venía muy pero muy feliz. Según su balanza, he bajado 7 kilos y medio (según la de la farmacia de la esquina de mi casa, he bajado 6 y medio). Contenta como hacía muuuuuucho no me sentía, decidí darme un “permitido”, esto es, no ir hoy al gimnasio. Entonces, pasé por el supermercado a comprar leche y frutas. Me di una vuelta por las góndolas. Puse en el carrito un cuarto de sandía, medio melón, tres duraznos, tres manzanas, y dos litros de leche descremada. Después agregué una toalla, un paño esponja para la cocina, un desodorante, una Fanta light de litro y medio y un café Dolca Suave.
Así, feliz como estaba llegué a la línea de cajas. Yo llevaba 11 productos. Me puse en la caja rápida de “Máximo 10 productos”. Con una precisión de cirujano, la cajera me pegó un grito: “¡¡Máximo 10!!”. Sin perder mi humor, le susurré: “Llevo 11…”. Me contestó, cual empleada pública de Gasalla: “¿No sabe leer, señora? Máximo 10. El cartel dice ‘Máximo 10’”.
Ya se me empezó a poner espesa la cosa.
Corrí el carrito a la caja de al lado, donde habían tres personas delante de mí. Las dos primeras tenían 11 o 12 cosas y la misma cara de culo mía. Seguramente, Flora (la empleada de Gasalla disfrazada de cajera) les había espetado su “¡Máximo 10!” a viva voz. La última tenía un carro por la mitad.
“Non preocupare… Qüinche porchento”, pensé para mis adentros, y me puse a pispear los CDs y DVDs que habían en esa isla estratégicamente colocada para que uno boludee mientras espera que le cobren.
Y ahí llegó ella. No me di cuenta que venía con el alfiler pinchaglobos. Ahí venía ella con su carrito con unas 20 cosas, con su cartera colgada en el codo y con su mejor sonrisa me dice: “¿Me cuidás el carrito que me olvidé de poner el cepillo de dientes?”. Debí haberme imaginado lo que seguía, pero estaba tan embobada mirando los malditos DVDs que no me di cuenta. “Sí, claro”, le contesté.
Dos minutos después volvió… con las manos vacías. Y ahí empezó la pesadilla. “Sólo había Oral B y Colgate. No estaba el Sensodyne que yo uso. Porque me lo recomendó el dentista”, me dice. Recién ahí reparo en su dentadura: la del burro de Shrek era más chica y más prolija. “El dentista me dijo que use el Sensodyne porque es más chiquito. Los cepillos de dientes tienen que tener tres hileras de cerdas. Esa es la medida ideal para limpiarse bien entre los dientes… bien entre los dientes… bien entre los dientes” (¡¡¡¡¿¿¿Por qué lo repitió tres veces???!!!!).
“Ahá”, le dije, y seguí mirando los DVDs, en un claro mensaje de “No me hablés”.
Pero no hubo caso, che. Ella volvió a sacar el alfiler pinchaglobos y dijo: “Al final, tanto que dijeron que iba a llover por la noche, tanto que dijeron que iba a llover por la noche y al final, no llueve nada. Yo ya no le creo nada a nadie. Ni al Pedro Maza, ni al Federico Norte. A ninguno… a ninguno… a ninguno…” (¡¡¡Otra vez tres veces!!!).
Reconozco que cometí un error porque le contesté: “Bueno, señora… son las ocho y media de la noche… todavía falta…”.
La cagué.
Porque ella interpretó que yo quería seguir teniendo esas charlas superficiales que se tienen en la cola de la caja del supermercado. Y se fue la segunda...
“Yo al final, iba a ir a lo de mi sobrino, porque hoy se recibía. Pobrecito… pero la verdad… te digo, nena, me dolía mucho la cabeza. Y encima yo vivo en Luján y él en Las Heras… ¡Irme hasta la otra punta con ese dolor de cabeza! No… no… no… (otra vez tres veces…). Entonces, no voy nada. Me bajé del colectivo acá, a medio camino, para entrar al supermercado y comprar el cepillo de dientes, una lata de duraznos para el pionono de Nochebuena, porque viste que después aumentan los precios como locos, y otras cositas más”.
Yo, a esa altura, me quería hacer un harakiri con un sachet de leche. Pensé: “¿Acaso tengo un cartel en la frente que dice: “En caso de estar aburrida en la cola del supermercado, hable conmigo”?”.
Y no hay dos sin tres.
“Al final, ya no me duele la cabeza y podría haber ido a lo de mi sobrino. Pobreeeee… no me lo va a perdonar nunca, nunca, nunca (tres veces tres). Pero bueno, es en la otra punta del mapa… Y yo tenía que comprar el cepillo de dientes. Y al final no lo encontré al cepillo y ya no me duele la cabeza. Entonces podría haber ido igual. Pero no, porque es en la otra punta del mapa. Y además, encima todavía se puede largar a llover (¡¡¡¿¿¿no era que AL FINAL NO HABÍA LLOVIDO EN LA NOCHE???!!!).
Y llegó la cuarta.
“Al final, yo digo todas estas cosas para justificarme, para no sentirme tan culpable por no haber ido, ¿no te parece?”, y se rió mostrándome todos sus dientes de Burro de Shrek.
Por suerte, ya me tocaba a mí. Empecé a poner todas mis cosas en la caja. Saqué la tarjeta de débito y mientras esperaba para firmar el ticket, ví que ella sacaba sus cosas. Entre ellas había como tres kilos de huesos. Y ahí entendí todo. ¡¡¡Es una señora sola!!! ¡¡¡Lo único que tiene son sus dos o tres perros que seguramente recogió de la calle porque le dio pena!!!
Y me dieron ganas de decirle: “¿Sabe qué, señora? Yo también soy sola pero hay cosas que no hago ni loca. No ando hablándole a cualquier desconocido en la cola del supermercado, ni le ando contando a la gente que los cepillos de dientes de tres hileras de cerdas limpian mejor entre los dientes, ni que no le creo ni al Pedro Maza ni al Federico Norte, y que vivo en Luján y mi sobrino en la otra punta del mapa, y que encima hoy se recibía y no fui a verlo y no me va a perdonar nunca. ¿Sabe qué, señora? Ante todo DIG-NI-DAD, señora, DIG-NI-DAD!!!!!
Salí, me subí al auto, ¿y a que no saben qué pasó? SE LARGÓ A LLOVER!!!!

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